19. jun., 2016

Los deberes para casa y en vacaciones: otro fracaso de la Escuela

 

     En los últimos años, las familias del alumnado, a través de sus asociaciones, se han volcado en un problema verdaderamente sangrante: la sobrecarga de deberes que soportan los niños. Incluso una madre individualmente ha organizado recogidas de firmas para sensibilizar contra el mayúsculo despropósitio que supone que unos críos de 3º o 5º de primaria; o de 2º de la ESO, al acabar su jornada de presencia física en el recinto escolar, empleen varias horas, en ocasiones hasta tres y más horas diarias, en hacer los deberes. Las razones que se esgrimen pueden leerse en el enlace de la petición de firmas y en la cuenta de Twitter que la aguerrida madre Eva Bailén promueve . Breves argumentos en 140 caracteres se leen también en las etiquetas #losdeberesjustos , #deberes  y el simpático  #lohacesypunto . Llegado el final de curso y en el momento más fragoroso de una campaña electoral, la CEAPA ha emprendido una cruzada, una guerra  -así lo han llamado algunos medios- contra la perversa idea de prolongar los deberes a las 10 semanas de vacaciones escolares.

         A un profesor que, como yo, las vivencias profesionales de más de 30 años de docencia le han conducido a la firmísima convicción de que cada problema educativo es sólo una parte del gran problema, del problema educativo por antonomasia, la Escuela, ésta es una circunstancia ideal para comenzar con una verdad de Perogrullo que se me verá repetir porque siempre servirá como perfecto punto de partida: ¿cómo conseguiríamos que no hubiera tantos -o mejor, ninguno- deberes escolares? Aunque, por el momento, falte explicar los medios para conseguirlo, la respuesta es cristalina: si no hay Escuela, no hay deberes escolares.

      Acusan frecuentemente los padres a los maestros y profesores de no hacer bien su trabajo en clase, ya que tanto queda por hacer una vez acabada la jornada. Responden algunos docentes que sólo los niños que pierden demasiado tiempo en las aulas tienen que cargar con tareas que, desde el punto de vista de las familias, se ven como abrumadoras. A veces me he preguntado si los padres y madres de mis alumnos creen que los docentes somos seres incorpóreos fuera de la Escuela, y no tenemos hijos. Como padre he padecido la desesperante experiencia de ver a mis hijos con ocho, diez o trece años desplomarse a media noche sin haber podido acabar los deberes. Y confieso que, alguna vez, su madre o yo los hemos terminado por ellos.

     Desde mi posición de padre y docente, he comprobado que estos excesos dependen demasiado del profesor concreto que un curso concreto le haya caíso en suerte o desgracia a tus hijos, pero también depende del ambiente del aula. Porque es cierto que en la Escuela se pierde mucho tiempo, más cuanto más mayores van siendo los niños. Y alcanza niveles calamitosos en la mayoría de aulas del primer ciclo de la ESO. Pero las causas que conducen a esta catastrófica pérdida de tiempo en la Escuela comienzan a hacerse sentir en 3º de Primaria. Y maestros hay que aseguran que antes. Los sociólogos podrían emplearse a fondo en el análisis del fenómeno. Prometo que próximamente ofreceré ideas, experiencias y datos para que algún joven estudiante emprenda su TFG y vaya esponjando sus ansias por dedicar su tesis doctoral a las circunstancias sociofamiliares y escolares que propician la colosal pérdida de tiempo en la Escuela actual.

       Las familias que están haciendo este ruido mediático a propósito del dolor de muelas de los deberes, podrían completar sus reivindicaciones con un ejercicio de sinceridad: no pondré en duda que nos duele como un cólico nefrítico diario la contemplación de nuestra niña durmiéndose agotada sobre unas sumas de fracciones; o de nuestro niño llenando de puntitos unas inacabables láminas de Plástica, mientras se limpia la cara del llanto, exhausto, para que mocos y lágrimas no arruinen su trabajo, y el abuelo, que es curioso y paciente, le dice “vete a dormir, que es la una, yo te lo acabo” –“pero no lo hagas demasiado bien, que la última vez lo notó la profe”, le responde el niño-.

       Pero admitan las familias que lo que los padres no desean es consumir su propio tiempo de descanso doméstico en los deberes, que se trata también, como sabe Eva Bailén, de un problema más para la difícil conciliación familiar. Y tienen también que asumir su parte de responsabilidad en la enorme pérdida de tiempo durante la jornada escolar. Que ellos no estén allí físicamente no significa que no tengan en ello su parte de incumbencia.

        La CEAPA compone un lema para esta causa: "Se puede educar de otra manera, se debe educar de otra manera". Los eslóganes de pancarta son -su naturaleza lo exige- hermosos. Pero suelen, o bien disparar contra un enemigo equivocado, o bien mentir con perfecta desinhibición. Si ese eslogan defiende el fin de los deberes, se me hace abstracto y etéreo. Claro que se debe educar de otra manera, pero no es cierto que “se pueda”. No se acabará nunca con los problemas escolares si no se acaba con la obligación de estabular a los niños en ese recinto que llamamos Escuela, colegios, institutos, durante un mínimo de diez años, colonizando una infancia que no se recupera nunca.