3. jul., 2016

Expertos

      Cuando mi mujer y yo éramos padres primerizos -de esto hace más de 25 años-  caímos, como la mayoría de los de nuestra condición, en el error de comprar casi todas la revistas sobre embarazos, partos y primeros años del bebé. Como acompañamiento simpático a las emociones de la paternidad/maternidad tiene su explicación, pero ahí acaba su recorrido. Pronto, uno cae en la cuenta de que esas revistas sólo dicen obviedades, mientras que para los asuntos más complejos remiten sistemáticamente al “experto”:  tocólogo, matrona o pediatra o psicólogo. Así que, los padres inexpertos que abandonan estas revistas por insulsas, enseguida se pasan a la bibliografía “experta”: los libros que han sido éxitos de ventas en los últimos tiempos. Pero su desesperación llega cuando cada experto evidencia que su pertenencia a una escuela “permisiva” le pone en contradicción con el otro “experto” de una escuela más severa, o cuando percibe los vaivenes de las modas en lo referente a aquello que tanto le interesa:  el buen desarrollo de su niño. Y así hasta que los padres primerizos se dejan guiar por su instinto. Y por las presiones del ambiente, ya que éstas apenas pueden ser eludidas.

       Viene esto a cuento porque en aquel tiempo, mi mujer y yo tuvimos la suerte de dar con un libro, cuyo autor no recuerdo, pero no era menos “experto” que todos los demás-. Hablaba del desarrollo y cuidados de los niños menores de dos años, con un entusiasmo que no empañaba su rigor de pediatra y psicólogo infantil. Las conclusiones finales de aquel libro eran dos: la primera, que es imprescindible dignificar y reivindicar el atractivo, la trascendencia, la envergadura y la repercusión individual y social de la dedicación a cuidado y educación de los bebés; la segunda, que todo lo que había analizado y recomendado en su libro podría haberlo dicho una madre inteligente que hubiera educado a cuatro o cinco hijos. Como ya oigo la queja de a quienes les chirría el lenguaje obsoleto de la segunda conclusión, diré solamente que el libro se escribió en una época en la que ni siquiera existía ni se concebían los permisos de paternidad, pero sí eran ya muy infrecuentes las familias de más de dos hijos. Por lo tanto, el experto autor del libro, sin segundas intenciones, remitía a quien él consideraba el verdadero experto, más experto que él mismo: una persona no teórica, una persona que hubiera bregado con la realidad, una persona inteligente que hubiera criado a unos cuantos niños; por ejemplo, las abuelas de entonces.

       Desde hace no menos de cien años, pero singularmente en las últimas décadas, a los docentes se nos abruma con una figura que a buen número de nosotros se nos ha hecho antipática, y que debería admitir haberse ganado con denuedo y empeño esa antipatía, el experto en lo nuestro:  el pedagogo. E incluyo en esa categoría a cualquier otro titulado que se presente como “experto” en decir qué tenemos que hacer los profesores. Suelen tener en común el haber frecuentado poco o nada las aulas de cualquier nivel anterior a la universidad. De entre los que las han frecuentado poco, el más destacable es aquel que, una vez que se derrumbó ante la realidad de un aula repleta de alumnos de carne y hueso, alumnado real, comprendió que trajinar con niños -sean de tres añitos, sean de dieciocho- era demasiado duro, y logró encaramarse a un despacho, fuera éste una dependencia  del servicio de Inspección, fuera una asesoría técnica docente en los innumerables recovecos de las adminsitraciones autonómicas y central, fuera -los más afortunados- un carguete político, o casi. Y de entre los que no las han frecuentado en absoluto podríamos extraer economistas, sociólogos, filósofos, psicólogos, demógrafos, y cualesquiera otras titulaciones a las que, con sólo añadirles el complemento “de la Educación”, ya les luce en las presentaciones que de ellos hacen los periodistas de este tiempo, como marchamo de la pericia de un “experto”.

       Nadie sabe qué avala a los autores de "libros blancos" (como el reciente de  Marina-Pellicer o como aquella propuesta de debate, nunca debatida, de 1989), preámbulos de leyes educativas  y otros informes de pomposas pretensiones. Se me dirá que basta buscar en google quienes son José Antonio Marina -harto conocido, por lo demás; y digo bien: “harto”- y Carmen Pellicer -ésta más bien a la sombra del poderoso apellido de Marina aunque infinitamente más activa en sus correrías pedagógicas-. Pero, aunque no me refiero a sus currículo, incluso si nos refiriéramos a éstos, lo más destacable en cuanto a la experiencia profesional en ambos personajes es el abandono de las aulas, para entregarse a gratificantes tareas como la de ser invitados como “tertulianos” -¡ay, el “tertuliano”, esa especie ponzoñosa!-, o presidir los innumerables foros autótrofos de “expertos” en pedagogía que tanto proliferan. No son los únicos, ni mucho menos, Pellicer y Marina. Pero sí son, desde mi punto de vista, dos de los personajes más nocivos en esta batalla que libramos los profesores de verdad, los reales, los de pico y pala, contra el tránsfuga de pedestal, al que sólo su osadía, las buenas relaciones y el azar lo han encaramado. Me preguntaba al comenzar este párrafo, qué avala a estos personajes y a toda la caterva de pedagogos y asesores: justamente esas tres circunstancias, ni más ni menos: osadía, relaciones y azar.

       Si me lee algún joven maestro, algún sufriente opositor, algún interino novato, es decir, algún docente “in-experto”, sepa que -como en el libro que a mi mujer y a mí nos impresionó cuando éramos padres primerizos-, si desea o necesita algún “experto en realidad” para ilustrar los primeros pasos en su carrera profesional, puede y debe leer cuanto de bueno está disponible en la bibliografía pedagógica, sea de divulgativa o universitaria; pero desconfíe del intelectual orgánico y de relumbrón, o del que tiene intereses particulares -que pueden coincidir- y arrímese confiado a un docente inteligente que haya dado clase a miles de alumnos y haya recorrido todas las experiencias reales. Además, le saldrá gratis. Otro día hablaremos de coaching, coachs y otras pamplinas. El compañero experimentado -experto- es gratis.

          Recomendación que vale también para periodistas incautos:  pueden escuchar todas las audacias de los expertos de relumbrón o de los expertos de cátedra universitaria. Todos ellos le darán referencias interesantes; pero la mayoría tendrá ese defecto: cuando su cháchara pedagógica choca contra la realidad, deciden prescindir de ésta, no de su jerga. Para darse un baño de pericia está la realidad, es decir, el docente real, el experto en docencia real.