8. jul., 2016

¿Coches para chicos malos, novelas para chicas débiles?

        Empezaba a preocuparme no encontrar ni en las redes ni en los medios protestas firmes contra un anuncio que vende un coche y cuyo eslogan lo presenta directamente “para chicos malos”. Qué sea un “chico malo” queda definido por las pruebas a las que los testadores someten al coche, que coinciden con las actitudes histéricas de una novia despechada. No sabemos qué perrería habrá cometido el conductor de coche para chicos malos, pero los publicistas cuentan con la segura complicidad de los y las  jóvenes. Los jóvenes, los adolescentes, los preadolescentes y hasta los prepúberes -sin edad para conducir- entienden ese anuncio mejor que los adultos. Al fin hoy, en la sección micromachismos de eldiario.es  he visto una brevísma reseña. Esperaba más, pero algo es algo. Preocupante esta muestra de micromachismo, ¿verdad? Sí, naturalmente, y no tan "micro". Yo creo que no basta con que nos repela la imagen ridícula de la novia enfurruñada. El asunto es mucho más grave y quien trate diariamente, como es mi caso, con niñas de Secundaria y conozca el tipo de literatura que leen, y hable con ellas y con sus familias sobre esa afición literaria, debería erguirse enardecido como por un grito de guerra contra el anuncio de marras y contra la sucia mercadotecnia de la publicidad que eleva el estatus del “chico malo” y promueve la chick-lit erótica (pornográfica en realidad) para niñas impúberes.

          A ver si me explico. Cada vez que en los últimos treinta y cinco años he padecido el bombardeo de la llamada “animación a la lectura en la escuela", en cursos de formación permanente, proyectos e iniciativas educativas diversas, que tienen por objetivo que los adolescentes lean, me he revuelto contra ello. Hoy más que nunca, pero siempre. Enterémosnos de una vez: los niños y las niñas leen, y lo hacen espontáneamente. Pero van dejando de leer conforme van identificando la lectura con una práctica escolar, es decir: una tarea obligatoria, que implicará un trabajo final o simultáneo a la lectura, por la que serán sometidos a valoración, mediante alguna prueba de evaluación que determinará en alguna medida su calificación, y generalmente con un plazo de tiempo escaso para acabar la lectura. Para colmo, no siempre se trata de una lectura elegida por el alumno; de hecho, en Secundaria, rara vez lo es. Con estos ingredientes, si alguien diseñara un programa de aversión a la lectura hasta la náusea, tiene asegurado el éxito. En suma: es la Escuela la que los aparta del hábito lector. Ya volveré algún día sobre este calamitoso tema, porque ahora sólo voy a centrarme en un aspecto que lo pone en relación con la desdichada publicidad de artículos de consumo para chicos malos que exasperan a novias histéricas y ridículas, que consumen otro producto diseñado para ellas: la teen's chick-lit

    He dicho que los niños van abandonando su natural tendencia a leer libros con historias hermosas o divertidas conforme la lectura se va convirtiendo en una pesada tarea escolar. Precisaré más: las niñas no. Ellas no dejan de leer.y Sólo que leen fuera del colegio y del instituto; y para ello escogen ese modernísimo remedo de la peor novela romántica de toda la vida: la chick-lit erótica para “teenagers”; una especie de híbrido entre el  Diario de Bridget Jones y 50 Sombra de Grey cuyas protagonistas tienen casi invariablemente 16 ó 17 años, aunque sus lectoras tienen menos años, bastantes menos años, ya que hacia 5º de Primaria esos libros empiezan a circular por las manos de las niñas más audaces y, en 1º ó 2º de la ESO, una chica correría demasiado riesgo de aparecer como una boba marginada y nerd si no los frecuenta.

      El mercado editorial no deja ni un nicho sin explorar y explotar. Mientras, los adultos modernos e ilustrados estamos convencidos de haber superado (o al menos de estar superando), en la educación de la infancia y la juventud, eso que ahora se llama estereotipos de género. La realidad es otra. No sólo no los hemos superado sino que ni estamos en ello, ni parece que vaya a estar próximo ese momento. Por razones que no voy a indagar (porque me exceden, exceden el espacio razonable para un post, y además hay disponible muy pocos datos objetivos, a causa de poco interés en ir al origen de los problemas), las niñas de 9 ó 10 años ya empiezan a soñar con un novio maravilloso. Sueño que, para colmo, colocan en el centro de sus aspiraciones, aunque tengan otras. Y las lecturas en las que se adentran las niñas más atrevidas -y envidiadas por ello- son historias de amor, como lo han sido durante siglos, pero sin la carcasa de la literatura romántica tradicional. Su funcionalidad es, sin embargo,  idéntica. Aunque adopten la estética chick-lit en sus cubiertas, sigue abrumando el rosa-barbie, hay una tipografía específica y hay, en fin, un envoltorio-reclamo para un producto reconocible en los anaqueles de librerías y grandes superficies, de modo que hasta los propios padres de la niña identifiquen el producto y lo regalen.

       Creerán quienes no tengan familiaridad con este objeto de consumo que el sexo que aparece en estas novelas será algo más light que el de Cincuenta Sombras. Y que el “chico malo” no será demasiado malo. Creerá quizá, incluso, que se trata de no más que un puñado de títulos que responden a una moda pasajera. Me temo que nada de eso. Tengo ante mí la lista de títulos que he ido recopilando, no es completa, ni mucho menos, pero pasa de 35 títulos. No pienso dar ni uno sólo de ellos. Quien tenga esa curiosidad sabrá encontrarlos y espero que se entienda que un escrito que denuncia basura no va, encima, a hacerle publicidad gratuita.

        Si me detendré en tres de los aspectos característicos de este producto editorial.

  • Primero: son libros voluminosos, lo que significa que es falso que las adolescentes huyan de los libros gruesos. Los nativos digitales no se atemorizan ante los libros de cuatrocientas, quinientas y setecientas páginas si el contenido promete y si la lectura de esos gruesos librotes les conecta con la tribu.
  • Segundo: el protagonista masculino es el prototipo de “chico malo”: seguro, resuelto, impulsivo, enérgico... demasiado impulsivo y enérgico. Comete desplantes y desprecios hacia la protagonista. Es deseado por muchas y envidiado por todos. Es, en fin, por qué seguir, lo que todos conocemos como estereotipo de un “chico malo” desde los tiempos de los asirios.
  • Tercero: las numerosas escenas de sexo son explícitas, detalladas, duras y carentes de belleza alguna o  de algún enfoque que dignifique las relaciones sexuales como algo humano y noble.

       Casi estoy viendo a algunos padres, incluso los más liberales, preocuparse más por el tercer aspecto que por el segundo. Lo entiendo. Cuando se trata de nuestra propia hijita, la palabra “inocencia” no nos suena tan añeja o anacrónica. No obstante, repárese en que la crudeza de las escenas sexuales de estos libros va unida, muy unida, al desapego, la displicencia y la falta de empatía con que el chico trata en general a la chica. Eso en el menos doloroso de los casos.

           He dudado si reproducir alguno de los episodios. Como no voy a hacer propaganda de autores y títulos, opto por reproducir algunas imágenes que proceden de una misma novela, y las escojo en razón de no ser las más explícitas eróticamente pero sí evidenciar el carácter de ambos protagonistas: inexperta, miedosa, dependiente y celosa, ella; experto, indolente y desapegado él. Esto leen muchas de mis alumnas de doce, trece y catorce años. Afirman leerlo desde los diez. Afirman, entre risas, que se los compran sus padres.

           Realmente, el anuncio del coche testado para chicos malos puede que acabe siendo el que anhelan las niñas ver conducir a su amor romántico ideal. Me desazona. No, más que eso: abomino de este estado de cosas que favorece el gatopardismo de siempre, y muy complacientemente